• Andrés Beltanien

Un nuevo "Felices por siempre" | Capítulo 1: Mi intervención

Actualizado: 12 de nov de 2020


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1

Mi intervención

En un sitio deprimente, construido por muros grises, lleno de mesas de ajedrez y naipes, recurrían los ancianos de Cuentelia a cocinar pasteles, afilar espadas, tejer suéteres, jugar con los perros o solo ver sus programas favoritos a través de una bola de cristal de alta resolución. Nuestras cinco protagonistas eran asistentes continuas: Cenicienta, Blancanieves, Lepsia ‘La Bella Durmiente’, Rapunzel y Marimar (La Sirenita, la famosa hija del Rey del Mar).

Ese fin de semana, que no era diferente a los otros y como era su tradición, se sentaron alrededor de una mesa a charlar sobre sus vidas y a jugar las cartas. Cenicienta comenzó a repartirlas con rapidez, con un gesto de perro bravo.

Uno de los duendes de piel verde que trabajaba en el asilo, les llevó un pastel de fresas y les dio una taza de café a cada una; el que le dio a Lepsia era tan negro como la capucha de su antigua enemiga, Maléfica, y tan espeso como lo había sido la pócima con la que la madrastra de Blancanieves se convirtió en anciana.

—Gracias. Ya sabes cómo me gusta. —Lepsia le guiñó el ojo al duende.

Su taza contenía veinte cucharadas de café negro y una sola pizca de azúcar, lo que le permitía mantenerse despierta la mayor parte del día. A pesar de que el hechizo se rompió cuando el príncipe le dio un beso y la despertó después de haber luchado contra su enemiga convertida en dragón, el pinchazo de la rueca le provocó un encantamiento perpetuo con el que dormía veinte horas al día. Ningún curandero le pudo dar un buen remedio o un medicamento, por eso con diez tazas de café como aquel, permanecía despierta dieciséis horas, suficientes para llevar una vida normal.


—Tengo pensado hacerme un retoque en la nariz —dijo Blancanieves. Recibió la taza con su sonrisa falsa, como el resto de su cara. A pesar de que seguía siendo tan blanca como cuando el príncipe la despertó en aquella caja de cristal, ya no era ni el rastro de la muchacha que fue cincuenta y cinco años atrás. Durante todo ese tiempo desarrolló una adicción a las cirugías plásticas y al bótox, lo que le dio una cara de hule jalado que apenas y podía simular expresiones. Conservaba su pelo negro y sus labios rojo carmín, pero solo eso.

—Siento que mi vida es aburrida. —Cenicienta se acomodó las pantuflas que debía usar por la hinchazón continua de sus pies. Ya no disfrutaba limpiar ni hablar con los animales. Lo único que quedaba de la muchacha rubia era eso, un cabello rubio, deshidratado y corto—. Hace mucho que no me entran las zapatillas de cristal. Apenas me cabe el dedo gordo del pie.

—Dime a mí sobre vidas aburridas —dijo Rapunzel. Aún conservaba el cabello largo, pero poco espeso y de un color gris opaco—. Si quisiera lanzarlo por una torre para que alguien lo escalara, me lo arrancarían de raíz al primer intento. Ni por todos esos tratamientos que anuncian en las bolas de cristal logro que me quede sedoso y voluminoso. Necesito un milagro capilar.

—Al menos sus encantamientos no se convirtieron en lo opuesto —dijo Marimar muy molesta, cruzada de aletas. De las cinco princesas que recurrían el asilo, ella era a la que peor le fue. Cuando decidió formar su vida con el príncipe terrestre, su padre le concedió unas piernas de modelo. Sin embargo, con el pasar del tiempo, la magia y el hechizo se fermentaron, y como su padre ya no vivía, sus piernas permanecieron, pero su torso y cabeza se volvieron como el de un pescado en congelador de supermercado, por lo que lucía como un pez con piernas de mujer.

—Al menos tienes la cabeza de un salmón, Marimar. No todos pueden permitirse un pescado tan caro como ese —dijo Blancanieves intentando calmar la situación.

—Vaya ánimo —dijo Marimar. Sorbió el café sin parpadear y revisó sus cartas.

—El narrador nos prometió un felices por siempre, o eso decía mi cuento. — Cenicienta tiró las cartas al centro de la mesa—. Pero mírenme ahora: mis amigos ratones se procrearon, tengo una plaga de ratas en el palacio y de tanto subir gradas apenas consigo zapatos que me entren. Y ni hablar que mi amado Encantador murió…

—¿Y qué dices de mí? —dijo Blancanieves—. El narrador afirmó que yo era la más bella del reino, y he gastado en cirugías más de las que puedo pagar con tal de mantener esa afirmación. ¡ESTOY EN BANCARROTA! Tuve que vender el espejo parlante de mi madrastra para costearme el relleno de los labios. ¿Mis labios se ven bien, cierto?

—No. Se te ven como el trasero de un babuino —dijo Cenicienta con la mirada a medias.

—De saber que tendría que ser una adicta a la cafeína para permanecer despierta, habría preferido quedarme dormida para toda la eternidad —dijo Lepsia. Se terminó de beber la taza. Chasqueó los dedos y el duende se acercó a refilarle la taza.

—Sin duda, los finales felices no existen —dijo Marimar.

—Todo es culpa del narrador —dijo Cenicienta.

—¿Cómo que es mi culpa? —Les dije yo, el Narrador. Estaba muy molesto. Si yo decía algo es porque era verdad. Ellas escucharon mi voz en ese preciso instante, a lo que se miraron con extrañeza.

—¿Acaso ese no es…? —preguntó Cenicienta.

—Hola de nuevo. —Les dije yo—. Es un gusto volverles a hablar.

Las cinco princesas se vieron entre sí, suspicaces.

—No se preocupen —continué—. Solo ustedes pueden escucharme. Las he oído quejarse durante estas seis décadas. Ni siquiera Bella se quejó tanto como ustedes…

—Bella siempre fue una loca que hablaba con objetos —dijo Cenicienta.

—Pero al menos volvió a tener su final feliz —dije yo, molesto.

—¿A qué te refieres? —preguntó Marimar con las aletas extendidas.

—Unos años después se divorció de Bestia —comenté—, fue a recorrer Cuentelia y se convirtió en una nómada aventurera. ¿Y saben qué?

—¿Qué? —preguntaron como si fuera un tremendo chisme.



—Volvió a encontrar el amor, se casó con un anciano ladrón llamado Robin Hood y han vivido felices por algunos años. Estoy seguro de que será un felices por siempre —afirmé.

—¿Qué nos sugieres entonces? —preguntó Lepsia con total calma. Sorbió de un solo su café.

—Que vuelvan a buscar un final feliz —les dije de manera muy seria.

—¿Y qué pretendes que hagamos? —preguntó Rapunzel—. Ya no tengo el cabello de antes para que otro Príncipe venga a rescatarme. Fue suficiente con que mi esposo muriera atragantado con una bola de pelos.

—No lo olvido, Rapunzel. Y no, no tienen que repetir su cuento, pero sí pueden intentar algo diferente —les dije con ánimo—. Me retiro por el momento para dejar que lo piensen.

Me sorprendió lo malagradecidas que podían llegar a ser, así que solo continué viéndolas.

—De acuerdo. —Blancanieves se cruzó de brazos—. Si su sugerencia es que busquemos un nuevo felices por siempre, que así sea.

—¿Y cómo lo haremos? —preguntó Marimar—. No se me ocurre nada.

—Bueno, cada una tuvo a alguien o algo que la ayudó a lograr su cometido —dijo Rapunzel. Cogió un pequeño trozo del pastel y se lo metió a la boca—. En mi caso fue mi cabello…

—En el mío, el Hada Madrina —dijo Cenicienta.

—Los enanitos me dieron refugio —comentó Blancanieves.

—Yo le pagué sus servicios a la Bruja del Mar —dijo Marimar.

—Y a mí me ayudó el trío de Hadas. —Lepsia bostezó.

—¡ESO ES! —Rapunzel chasqueó los huesudos dedos—. Podemos buscarlos de nuevo. Quizá nos ayuden de manera diferente y eso nos lleve a ese final feliz.

—No es mala idea —dijo Lepsia.

—¿Lo hacemos juntas? —preguntó Marimar.

—Supongo. Pero no quiero que mis criados se enteren... sería humillante —respondió Blancanieves. A decir verdad, ya ni tenía criados. No tenía dinero para pagarles.

—Que nadie lo sepa —dijo Rapunzel con gesto aprobatorio.

—¡Hagámoslo! —dijo Cenicienta, y dio un puñetazo a la mesa.

Las cinco princesas terminaron de discutir sus planes, guardaron las cartas, terminaron el pastel y volvieron a sus palacios, emocionadas por lo que estarían a punto de emprender. Vaya aventura la que tendrían... ancianas pícaras.


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SOBRE EL AUTOR

Andrés Beltanien

Instagram: andresbeltanien


Andrés es entusiasta de la literatura infantil y juvenil. Uno de los autores que lo inspiró fue Roald Dahl, el creador de Matilda y Charlie y la fábrica de chocolate.

Dato curioso: Llora con Toy Story 3 y Tierra de Osos.

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