• Andrés Beltanien

Un nuevo "Felices por siempre" | Capítulo 2: El Hada Madrina

Actualizado: 12 de nov de 2020


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El Hada Madrina



Esa misma noche que yo las confronté, las cinco princesas escaparon de sus palacios sin dar explicaciones o dejar cartas a los que vivían con ellas.

Se reunieron en el jardín del asilo y llevaron consigo unos bolsos muy coquetos con lo más importante para ellas. Se saludaron en complicidad y se pusieron en círculo para afinar el plan.

—Bien, hora de encontrar nuestro felices por siempre —dijo Cenicienta.

—Todas nos apoyaremos. ¿De acuerdo? —Rapunzel les apuntó con el dedo. Las demás asintieron. ¿Con quién empezamos?

—Conmigo, por favor. Busquemos a mis tres hadas —dijo Lepsia.

—No. Yo seré la primera. —Cenicienta dio un paso hacia la salida del jardín—. Solo quiero sanar mis pies hinchados y liberarme de la plaga de ratas del palacio. La casa del Hada Madrina está cerca, llegaremos más rápido de lo que pensamos.

—Andando —dijo Marimar.

Las cinco ancianas chocaron sus palmas y una aleta y tomaron un sendero de violetas, iluminado por lámparas de aceite de tamaño medio. Este les condujo a la mansión del Hada Madrina: el ser mágico más famoso de todos los tiempos. Su casa estaba ubicada entre cinco cerezos, era de color celeste, las ventanas tenían forma de corazón y la decoraba un tejado con moña.

—Eso sí que es vivir con lujos dijo Rapunzel. Mi palacio solo es una torre.

—¿Tocaremos la puerta o nos meteremos a la fuerza? —preguntó Blancanieves.

—¿Qué clase de pregunta es esa? —dijo Marimar.

Lepsia se acercó a la entrada y tocó la aldaba con delicadeza... Toc… toc… toc… Sacó una jarra y una taza de su bolso, la llenó de su café espeso y se la bebió de un solo, luego lo guardó.

A los segundos, alguien abrió la puerta; una anciana de más de cien años, arrugada como pasa apareció al frente. Sus ojos eran claros, vestía una túnica de color celeste y en su huesuda y arrugada mano sostenía una varita de marfil muy elegante. Casi no tenía pelo.

—¿Cenicienta? —preguntó con los ojos muy abiertos, con su mirada en la anciana de los pies hinchados—. Hace tanto que no te veía... Te olvidaste de mí después de que te concedí todo lo necesario para que fueras al baile. Ni siquiera regresaste a agradecerme… y fuiste de las pocas a las que le di una carroza de último modelo.

—El hechizo apenas me duró la noche, y jamás fue mi intención que se molestara —dijo Cenicienta con cierto desdén. Además, yo no le pedí que llegara...

—¡Ceni! —dijo Lepsia—. Ten más respeto por esta pobre hada decrépita.

Blancanieves la vio con cara de pocos amigos.

—Espero no vengas para que te cumpla otro deseo, porque no te lo daré. —El Hada Madrina frunció el ceño, con la varita aferrada a la mano. Ahora largo de mi mansión... todas.

—Pero por eso vino Cenicienta... para agradecerle la ayuda que le dio en esa ocasión —intervino Marimar—… es muy orgullosa y no lo va a admitir. Su idea es que le hiciéramos a usted una pijamada sorpresa... por eso nos trajo.

—Me delataron —intervino Cenicienta—. Parece que ya no es una sorpresa.

Las demás princesas asintieron. El Hada las miró de manera suspicaz, pero después relajó las alas al ver el rostro tan alegre de Lepsia.

—Está bien. Aprecio su gesto. —El Hada Madrina se dio la vuelta con lentitud y abrió la puerta en su totalidad—. Pasen y cierren. Sean bienvenidas.

—Nadie me contó de la pijamada —susurró Lepsia.

—¿Qué haremos? —susurró Marimar a Cenicienta, mientras avanzaban por un corredor de color rosa decorado con listones.

—¿Qué más? Esperar a que se duerma, tomamos la varita y me concedo el deseo —respondió—. Ustedes solo síganme la corriente.

El Hada Madrina las condujo al comedor que se unía con la cocina. Habían pinturas y vajillas de porcelana, así como alacenas y vitrinas con todo tipo de artefactos.

—Sus retratos son hermosos —dijo Rapunzel apreciando algunas.

—Gracias —dijo el Hada—. Muestran todo lo que he hecho durante estos ciento cincuenta años.

—¿Usted fue la que le concedió su belleza a mi madrastra? —Blancanieves pasó la mirada por una pintura donde relucía una joven fea que después se hacía hermosa.

—Sí, tu madrastra fue de mis mejores trabajos. La magia es mejor que las cirugías, pero más cara, sin duda —dijo el Hada—. Y no te deja rostro de pez gota, así como tú... comprenderás.

—Quiero usar esa varita después —le susurró Blancanieves a Cenicienta.

El hada abrió el refrigerador, sacó una jarra de jugo de naranja y le sirvió un vaso a cada una. Las cinco bebieron un sorbo al mismo tiempo, sin saber qué decir.

—Delicioso. Muy natural —dijo Rapunzel.

—Terminen su jugo. Les apareceré unos lujosos camisones de seda y encaje. La pijamada tiene que ser inolvidable —dijo el Hada.

—Es muy amable —dijo Lepsia con calidez—. Me gustaría darle un poco de mi café. Es lo que más valor tiene para mí. —Sacó su jarra de la bolsa—. Es el mejor de Cuentelia, con decirle que lo vendemos muy caro al mundo de los humanos. Tengo mis contactos. —Le guiñó el ojo.

—Gracias, querida. —El Hada agitó su varita, una taza flotó de la alacena hacia la mesa, Lepsia le sirvió el café, y la agarró con una mano, porque en la otra conservaba la varita. Se lo bebió de un solo... glu... glu...—. Esto sí que es fuerte. —Sacudió la cabeza.

—Por cierto —dijo Lepsia—. ¿Sabe dónde puedo hallar a Florencia, Berta Lidia y a Marucha? Son las hadas que cuidaron de mí hasta los dieciséis años, pero...

—¡COF! ¡COF!

El hada tosió con fuerza. No habían pasado ni diez segundos cuando la piel se le comenzó a tornar de un rojo intenso.

—¿Qué ocurre? —Marimar le puso la aleta en la espalda.

¡PUM! El Hada Madrina cayó al suelo con los ojos abiertos y con las extremidades tiesas como estatua. Sus alas se encogieron.

—¡La mataste con tu café! —dijo Rapunzel con horror.

—Imposible. Yo lo bebo todos los días y me mantiene despierta —dijo Lepsia.

—Sí, tú, Lepsia, que sufres de un encantamiento y tienes como cien años menos que esta pobre señora —dijo Cenicienta. Se agachó con dificultad y le revisó el pulso con los dedos—. Parece que llegó su hora de morir.

—¿Le llegó? Lepsia se la entregó en una taza —dijo Marimar.

Blancanieves se agachó y le quitó la varita de la mano.

—Al menos tenemos lo que buscamos. Hora de volverme hermosa. —La alzó.

Inmediatamente, cientos de campanas cayeron del techo y se balancearon con rapidez. ¡CLIN! ¡CLIN! ¡CLIN!

—¡Es una alarma de robo! Marimar sacudió las aletas. Es por la varita.

—¡NI LOCA IRÉ A PRISIÓN! —Cenicienta le lanzó una mirada asesina a Lepsia—. Yo no hice nada… ¡FUE LEPSIA!

—No fue mi intención. —Se colgó la bolsa al hombro.

—Basta de hallar culpables. Es un accidente y debemos afrontar las consecuencias. Hay que huir. —Rapunzel abrió la puerta de la cocina que daba con el patio trasero y dejó que todas salieran. Pronto se escuchó que una carroza se estacionó al frente de la mansión, al mismo tiempo que algunos hombres armados con espadas y lanzas se bajaron y avisaron que derribarían la puerta.

—Es la caballería —dijo Cenicienta.

—Nos alcanzarán si corremos —dijo Marimar.

—Haz lo que el hada hizo en tu cuento. —Blancanieves le dio la varita a Cenicienta—. Crea una carroza y usa animales para que la lleven.

—¡Necesito frutas u otro alimento que funcione! —Cenicienta chasqueó los dedos.

Rapunzel regresó a la cocina, abrió el refrigerador y sacó lo único que había adentro: un cartón de huevos. Lo agarró entre los brazos y volvió con sus amigas—. Espero funcione. —Lo puso en el pasto.

—¿Cómo es que era el hechizo? —Cenicienta se puso el dedo en la barbilla. Agitó la varita con lentitud mientras desprendía chispas de color blanco—. Ah sí. ¡SACA-A-LA-MULA!

—¡La tuya, por si a caso! —dijo Lepsia.

La varita lanzó un rayo azul hacia el huevo y lo convirtió en una carroza blanca con calcomanías de llamas, perros bravos y un texto que decía: “Te amo mi Lupita. Vuelve a mí”.

—¡Qué carroza tan corriente! —dijo Blancanieves con el rostro avinagrado.

—Ya no hay tiempo —dijo Rapunzel.

¡POM! La caballería derribó la puerta y los guardias entraron con las armas en ristre.

—No tenemos quién la hale —dijo Marimar.

—A pocas opciones… —Rapunzel se posicionó al frente de la carroza y se colocó el arnés en la espalda—. ¡LÁNZAME UN HECHIZO!

—¡SACA-A-LA-MULA! —dijo Cenicienta.

Un rayo de luz violeta le cayó en la espalda a Rapunzel. Al instante se transformó en una cebra con una crin larga y espesa, de lo más coqueta.

—¡ARRE! —Blancanieves le atizó un golpe en la nalga y se metió a la carroza con las demás.

—No era necesaria la nalgada. —Rapunzel se echó a correr como caballo en hipódromo y abandonó el jardín de la mansión.

De lo que ninguna se percató, es que los caballeros de Cuentelia las vieron huir, y que la taza de Lepsia era la prueba de que las cinco envenenaron al Hada Madrina. No solo se trató de un robo... o así lo pensaron los caballeros.


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SOBRE EL AUTOR

Andres Beltanien

instagram: andresbeltanien


Andrés escribe desde los 13 años. Actualmente está terminando una novela sobre hadas.

Dato curioso: A pesar de que le encanta pasar el rato con personas, necesita de una gran cantidad de tiempo a solas para recargar sus energías.

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