• Andrés Beltanien

Un nuevo "Felices por siempre" | Capítulo 3: La Joyería

Actualizado: 12 de nov de 2020


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3

La Joyería


Ya andaban muy lejos de la civilización en un tenebroso bosque, cuando Rapunzel se detuvo con brusquedad y estacionó la carroza al lado de unos pinos que parecían sonreír. Las cuatro princesas bajaron ayudándose entre sí, con el cuidado de no manchar sus tacones (y pantuflas) con el excremento de los animales.

—¿Nos vieron? —preguntó Marimar con los ojos muy abiertos.

—Creo que sí, por desgracia. —Cenicienta bufó por lo bajo.

—Estoy mareada. Rapunzel condujo como una fugitiva… —dijo Blancanieves apretándose el entrecejo.

—Considerando que estábamos huyendo después de acabar con la vida de un hada, es bastante acertado tu comentario —dijo la princesa convertida en cebra.

—Esperen —Blancanieves miró alrededor, con los ojos entrecerrados por la poca luz de la luna—… este es el bosque al que vine cuando el cazador quiso arrancarme el corazón para dárselo a mi madrastra. Los enanos no deben estar muy lejos.

—No quiero parecer inoportuna… pero sigo siendo una cebra. ¿Podrían sacar la varita? —dijo Rapunzel.

—Ya voy. —Cenicienta se revisó los bolsillos del vestido—. Ahora les cumplo sus… Oh Dios… No la encuentro. Debió caerse cuando huíamos. —Frunció el ceño—. ¿Y ahora qué voy a hacer con mis pies hinchados?

—¿Qué haré yo siendo una cebra?

—Si logramos encontrar al trío de hadas que me crió, quizá puedan ayudarnos —dijo Lepsia con los ojos a medio cerrar.

—Lo que significa que solo fuimos a la casa del hada por gusto —dijo Cenicienta.

—Sugiero que durmamos —dijo Blancanieves—. Mañana a primera hora iremos con los enanos; tienen una joyería y podrían darnos algo valioso qué ofrecer a las hadas, ahora ya sabemos que ellas cobran por conceder deseos.

Blancanieves, Cenicienta y Lepsia se metieron a la carroza, se acomodaron en las butacas y cerraron los ojos, exhaustas. Rapunzel se echó a un costado de los pinos y Marimar se le recostó al lado.

Zzzzzzzzzzzzz…


Blancanieves despertó primero ante la cálida luz del sol, se puso sus quince capas de maquillaje (algo que jamás olvidaba y lo que llevaba en su bolso) y salió de la carroza sin hacer ruido, memorando sus antiguos paseos al exterior. El bosque lucía bastante tranquilo, justo como para prepararles un desayuno a sus amigas.

Se retocó el cabello, anudó el listón que usaba en la cabeza y calentó la garganta para cantar...

—¡LARALALÁ!

Fue cuestión de minutos para que muchos faisanes comenzarán a llegar a sus pies, así como cerdos de monte, venados, patos y conejos… luego se fue por el bosque en busca de su platillo final para complementar el desayuno. Pronto se topó con un muro en el que los jóvenes se declaraban su amor y plasmaban sus nombres con tinta. Ahí vio algunos.

Cenicienta ama a Eric. XOXO.

Marimar ama a Encantador.

La bruja del mar es hermana de Tritón.

Bella fue mala con Bestia.

—Hola —dijo alguien con una voz aguda.

Blancanieves levantó la mirada. Sobre el muro descansaba un huevo con ojos y boca, un traje morado y una boina. En sus manos sostenía un ukelele.

—Hola —dijo ella con una sonrisa amable.

—Hola, soy Humpty Dumpty, el huevo cantor. ¿Gustas que te recite un poema?

—No, gracias, querido…

Blancanieves abrió la puerta de la carroza y despertó a Cenicienta y a Lepsia, después le dio un puntapié en el lomo a Rapunzel y uno en las branquias a Marimar.

—Hora del desayuno, amigas. Espero lo disfruten.

—Se ve delicioso —dijo Cenicienta al ver en el suelo un festín con salchichas, tocino, bistec de venado, pato a la naranja, conejos asados y un gigantesco huevo frito, todo tendido en un retazo de tela de su vestido—. En el palacio ya no cocinan nada bueno… y las ratas se lo comen todo… ¡PUAJ!

—¿Cómo conseguiste esto? —dijo Lepsia.

—Cuando uno quiere, todo es posible. —Blancanieves partió el huevo con una piedra afilada, sonriente—. Sírvanse, amigas.

Las cuatro se sentaron alrededor, excepto Rapunzel, que tuvo que echarse.

—El tocino está delicioso. —Marimar mordisqueó un poco—. En mi palacio solo cocinan mariscos.

—Gracias por el detalle, Blanqui. —Lepsia se sirvió de su café y bebió un poco—. Me temo que no me queda mucho café para el resto del día.

—No creo que encontremos café pronto. Habrá que buscar otras opciones. —Rapunzel metió el hocico entre el festín y se comió un faisán entero.

—Y la caballería de Cuentelia está tras nosotras —dijo Cenicienta.

—¿Creen que les sea fácil reconocernos? —dijo Marimar.

—No siempre ves una cabeza de pescado con piernas —dijo Blancanieves.

—Todo por Lepsia y su café. —Cenicienta mordió un bistec.

—A cualquiera pudo pasarle. —Lepsia se encogió de hombros.

Terminaron de comer y se metieron a la carroza. Rapunzel se puso el arnés y Marimar se colocó por detrás como su cochera.

—¡ARRE! —Le pegó una nalgada.

—Ya basta de eso —dijo Rapunzel.

¡CLAC!… ¡CLAC!… CLAC.

Una hora más tarde, se adentraron a una villa de casitas pintadas con colores llamativos, con hileras de árboles decorados con borlas de colores. Varios enanitos con ropaje de cuero jugaban en los jardines, bailaban y cantaban mientras preparaban chocolates y dulces. Estaban tan sumidos en sus actividades que ni siquiera notaron a la cebra y a la carroza que cruzaron el sendero.

Rapunzel se detuvo ante la joyería que se hallaba al final de la villa. Sus amigas se bajaron de la carroza y Marimar le quitó el arnés.

—Vaya, sí que remodelaron su casa… está más bonita que mi palacio. —Blancanieves alzó la ceja ante un monumental edificio de color blanco con diamantes y perlas en los escaparates, así como listones de seda colgados en los vitrales.

—Pero qué lujo —dijo Marimar, con los ojos de pez puestos en un collar de perlas.

Las cinco se abrieron paso hacia la puerta, Rapunzel la abrió con el hocico y dejó pasar a sus amigas, pero cuando un enanito con una papada enorme la vio entrar, regresó a la cebra con un golpe en la cabeza.

—No se permiten mascotas —dijo con un voz gutural.

—Verá, no soy realmente un animal —dijo Rapunzel—. Soy una…

—Una cebra, lo que es un animal —dijo el enanito con cara de pocos amigos—. Espere afuera con los otros burros que dicen ser niños.

—No tardaremos. —Le gesticuló Marimar desde el otro lado de la vitrina.

El lugar estaba lleno de estanterías y mostradores con cojines repletos de joyas, aretes, collares y tiaras de la más alta calidad.

—¿Ven el área de collares? —Blancanieves señaló al fondo—. Me lastimé con esa esquina cuando caí desmayada por la manzana. Claro, en ese entonces era una letrina…

—Disculpe. —Cenicienta le tocó el hombro al enanito de la papada—. Quisiéramos hablar con los dueños. Dígales que una vieja amiga los busca. —Señaló a Blancanieves.

El enanito bufó por lo bajo, se dirigió a la parte trasera de la tienda y metió la cabeza por una ventanilla.

—Una anciana con cara de maniquí pregunta por ustedes.

Al instante, siete enanitos salieron de uno en uno por la puerta lateral. Tenían peinados pomposos y vestían trajes de pana de las mejores marcas.

—¿Blanquita? —preguntó uno de ellos, con unas pobladas cejas.

—Sí, C.J., soy yo. —Blancanieves se agachó para quedar a su altura—. Siguen todos muy guapos, y aún conservo la hermosa caja que me construyeron en las catacumbas de mi palacio.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó otro con labios prominentes.

—Necesito de su ayuda, Labiotón…

Mientras los enanos y Blancanieves hablaban, Cenicienta se dirigió a la sección de cristalería y Marimar a la de collares, donde relucía un dije de caracol. Lepsia se le acercó, a pasos arrastrados.

—Es el collar de la Bruja del Mar —dijo Marimar, con la única sonrisa que le permitía su boca de pescado.

—¿Y?

—Este collar tiene las voces de todas las sirenas y tritones a los que la bruja del mar ayudó; son las mejores voces de Cuentelia, incluso la mía estuvo guardada aquí cuando fui a conquistar a Conrado. Podemos vender estas voces a cantantes principiantes, de esos que audicionan en los concursos de canto, o hasta…

—Yo solo quiero una taza de café, Mari. —Lepsia se recostó en uno de los vitrales y se echó el pelo para atrás.

—Cúbreme... que nadie me vea.

—¿Vas a robarlo? —Lepsia enarcó las cejas.

—Cuando vuelva a mi palacio mandaré el doble de lo que vale. No soy una ladrona… pero ahorita no tengo dinero. Por favor... si estos señores no aceptan ayudar a Blanquita, será nuestra única opción.

—Te cubro. —Lepsia se le aproximó al enanito de la papada gigante y se puso a charlar con él, usando sus encantos, que siendo honestos, ya no funcionaban.

—Como acabo de decir, Blanca, ya no eres nuestra amiga y no te ayudaremos —dijo Labiotón con los brazos cruzados—. Te fuiste sin más con ese príncipe que te besó... y dejaste la casa patas arriba… las camas sin arreglar y las paredes llenas de polvo.

—¿Qué? —dijo Blancanieves—. ¿Entonces para ustedes era una sirvienta?

—Pues aceptaste el trabajo cuando te metiste a nuestra casa sin permiso y la limpiaste. ¿O caso no viste el rótulo de “Se busca persona que limpie hogares”? —dijo otro de los enanos, con una retaguardia monumental—. Por eso dejamos que te quedaras, y deberías de estar agradecida de que no te bajamos el sueldo por haberte dormido en nuestras camas la noche que te encontramos...

—¡Ni siquiera me pagaron…!

—Porque trabajaste un día y luego te encontramos muerta en el baño —dijo uno más, con unos ojos saltones.

—¡ME ENVENENARON!

—Hora de irnos. —Marimar se le acercó a Blancanieves, con Lepsia tomada del brazo. Luego le hizo señas a Cenicienta.

—¡Ustedes son unos...! —Blancanieves les apuntó con el dedo. Sí que fue grosera, pero como yo no lo soy, no pondré lo que dijo.

Las cuatro princesas salieron de la tienda, a pasos apresurados, escoltados por el enano de la papada.

—Es increíble… —dijo Blancanieves con un rostro de desagrado, como si tuviera una bola de excremento en la punta de la nariz.

—Tranquila. Esta vez la visita no fue por gusto —susurró Marimar.

Se montaron en la carroza y se marcharon por el sendero que conducía al norte.

Una hora después, la caballería de Cuentelia se apareció en la joyería ante el llamado de los dueños.

—Se robaron uno de nuestros collares más caros —dijo Labiotón—. Creemos que fueron unas princesas viejas… una de ellas tenía cabeza de pescado.

—Al parecer fueron las mismas princesas que envenenaron al Hada Madrina —dijo uno de los caballeros—. Estarán en serios problemas.


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Muchísimas gracias por leer la historia.



SOBRE EL AUTOR

Andrés Beltanien

instagram: andresbeltanien


Andrés es amante de la literatura infantil y juvenil. Entre sus libros favoritos se encuentran La Revolución de Amor de Joyce Meyer, Matilda de Roald Dahl y El Poder del Yo Soy de Joel Osteen.