• Andrés Beltanien

Un nuevo "Felices por siempre" | Capítulo 4: El Hotel de la Bestia

Actualizado: 12 de nov de 2020

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4

El Hotel de la Bestia


Iban cruzando un valle, donde habían tres casas: una de madera, una de paja y otra de ladrillo. A lo lejos se miraban las montañas de un tono azulado. Era de noche, pero estaba tranquila.

—Pero qué maleducados fueron los enanos. —Cenicienta abrió la ventana frontal de la carroza para que Marimar y Rapunzel las escucharan.

—Unos completos patanes —añadió Blancanieves. Sacó su maquillaje y se retocó el contorno de los ojos para que no se le notara el delineador corrido por las lágrimas.

—Tengo sueño. Necesito mi café —dijo Lepsia con los ojos cerrados.

—A pesar de todo, conseguí esto. —Marimar mostró el colgante de caracola desde el asiento de cochera—. Lo pagaré después.

—¿Y eso? —Rapunzel miró la joya de reojo, sin dejar de trotar.

—Es el collar que usaba la bruja del mar para captar las voces. La mía estuvo encerrada tres días —dijo Marimar como si recordara algo muy hermoso—. Y se me ocurrió algo…

—Habla. —Cenicienta se cruzó de brazos.

—Ir a Cuentelia Canta —dijo Marimar en busca de la aprobación de sus amigas—. Ya saben, ese show donde personas cantan en un escenario con la esperanza de que un genio salga de la lámpara y les dé el visto bueno para que las hadas los califiquen. Pensaba vender las voces a los participantes, pero ahora creo que es mejor que una de nosotras participe. El premio es un deseo concedido por las hadas.

—¿Hablas en serio? —dijo Rapunzel—. Solo nos humillaremos.

—Este collar da una hermosa voz a que lo usa. La que participe ganaría con él, así que podría pedir un deseo en conjunto —dijo Marimar.

Lepsia estuvo a punto de comentar algo, abrió la boca como si se fuese a tragar la cabeza de Blancanieves y soltó un ronquido. Luego cayó dormida en las piernas de Cenicienta.

—Más vale que consigamos café —dijo Blancanieves.

—¿Dónde es el show, Marimar? —preguntó Rapunzel.

—No muy lejos de aquí. La última presentación es mañana en la tarde, así que podemos pasar la noche por aquí —dijo Marimar.

Mientras avanzaban por el valle, se toparon con una intersección de tres caminos: a San Pulgarcito, a Estudios Grimm y Hotel Una Rosa: la primera noche es gratis.

—¿Están pensando lo mismo que yo? —dijo Rapunzel.

Las demás asintieron.

—Al hotel. Estoy harta de dormir en esta carroza tan fea —dijo Blancanieves con un rostro avinagrado—. Además, me muero del hambre.

—Perdón por no aparecer una carroza mejor —dijo Cenicienta con sarcasmo.

Tomaron el sendero que correspondía al hotel. Estaba repleto de margaritas y algunas velas de color blanco que lo iluminaban; a un lado se dispersaban rótulos con imágenes de lo que ofrecía, como los masajes de cera hechos por un candelabro parlante, el show de un piano que se tocaba solo, una tetera y sus hijos que preparaban el desayuno, y hasta un ropero que cambiaba el look.

—Creo que comienzo a emocionarme —dijo Cenicienta—. Un masaje de pies no me caerá nada mal.

Atravesaron un puente que se extendía sobre un acantilado de roca gris y quedaron frente a un portón de acero con la letra B.

—Y ofrecen un establo para los animales. —Rapunzel leyó el último rótulo—. Al fin seré tratada con dignidad… al menos como cebra.

—Andando. —Marimar saltó del sillón de cochera, le quitó el arnés a Rapunzel y abrió la puerta de la carroza. Entre las tres levantaron a Lepsia de las extremidades y la colocaron en el lomo de Rapunzel.

El hotel era un gigantesco castillo grisáceo con estatuas de gárgolas, unicornios y esfinges, iluminados por antorchas de fuego verde. De no ser por los cientos de macetas con rosas que decoraban las ventanas, habría lucido tenebroso.

Se precipitaron a la entrada y abrieron la puerta de madera que rechinó al pasar. Los muros del vestíbulo eran de color morado y contaba con sofás de color negro en los que podían esperar. A un costado se encontraba el mostrador.

Blancanieves se acercó y presionó la campanita… ¡TIN!

—¡AUCH!

La campana dio un salto, dejó ver unos ojos negros y una alargada boca con dientes metálicos.

—¡No hay necesidad de usarme! —bramó—. Soy la recepcionista. Bienvenidas al Hotel Una Rosa.

—Esperen… —Marimar frunció el ceño—. ¿Este es el…?

—Hotel Una Rosa —dijo la profunda voz de un hombre—. Soy el propietario: Bestiópulos Rosario. Me conocen como La Bestia, pero eso pasó hace tiempo. Llámenme ‘Best’.

Un hombre anciano, alto, delgado y con el cabello canoso recogido en una coleta baja descendió de las escaleras con un presuntuoso caminar. Vestía un traje negro con pantalón rojo. Sonrió a la princesas con calidez y las reverenció. Su mirada se cruzó con la de Blancanieves.

—Bienvenidas. ¿Las puedo ayudar?

—Necesitamos un café… negro y cargado, y comida. Nos morimos de hambre —dijo Cenicienta.

Best chasqueó los dedos y uno de los sillones cobró vida, caminó hacia uno de los pasillos y desapareció en la obscuridad.

—No tardarán en traerle sus alimentos.

—Mi amo… —Uno de los candelabros agitó los brazos con velas, mirando la ventana que daba el cielo—. Ya es la hora… de dormir.

—Lo sé, Gwen —le respondió el anciano al candelabro. Luego miró a las princesas con una sonrisa coqueta—. La primera noche es gratis. Disfruten de su estancia.

—Siempre creí que el hechizo de su castillo se rompió con el beso que le dio Bella —dijo Marimar, pasando los ojos por los objetos vivos.

—Y yo pensé que tu padre te dio piernas humanas al final de tu cuento, pero ahora veo que te dio una cabeza de pescado —dijo Best—. No todo es como lo cuentan.

—Supimos que Bella se fue con Robin Hood —dijo Cenicienta.

—Nos divorciamos —respondió Best—. Ahora regístrense. Otilia les mostrará sus habitaciones. En ellas encontrarán un folleto con los precios de nuestros servicios. El desayuno se sirve al amanecer.

—Gracias —dijo Blancanieves—. Buenas noches.

—Que duerman bien. —Best desapareció por el corredor aledaño.

El sillón regresó con una bandeja llena de tostadas francesas y cinco tazas con espeso café; Marimar se las dio a Lepsia.

—¡Wow! —Lepsia abrió los ojos. Cayó del lomo de Rapunzel y Cenicienta la ayudó a ponerse de pie—. ¿Dónde estamos?

—En un hotel. La primera noche es gratis —dijo Blancanieves—. Espero haya sesiones de acupuntura.

—Las agujas son de lo peor —dijo Lepsia.

La campana cogió un tintero con su brazo metálico y se preparó para escribir en un libro, al mismo tiempo que las princesas cogieron las tostadas francesas para comerlas.

—¿Cuáles son sus nombres legales? —preguntó la campana.

—Blanca Lisbeth Escarcha —dijo Blancanieves.

—Rapónchigo Úrsula Encel —dijo Rapunzel.

—Lepsia Durmos —dijo Lepsia.

—Ela Ceniceros —dijo Cenicienta.

—Marimar Conchita Costeña —dijo Marimar.

La campana apuntó los nombres.

—¿Quieren que las deje juntas en las habitaciones? —preguntó.

—No —respondieron las cinco al mismo tiempo.

—Aquí tienen las llaves de sus habitaciones. Piso cinco. —La campana les entregó unas llaves de acero a cada una—. La suya se encuentra en el jardín. Es el establo número dos —dijo a Rapunzel—. Si necesitan algo, avísenle a cualquier objeto de los corredores.

—Gracias —dijeron las tres.

Blancanieves entró a su alcoba, con espejos y maquillaje; Marimar se conformó con que la suya tuviera una cama con colchón de agua; la de Cenicienta parecía un desván empolvado, pero le hizo sentir nostalgia y revivir recuerdos de cuando era la sirvienta de su familia. La de Lepsia era común y corriente, con una cama que daba a un tenebroso árbol.

Y el establo de Rapunzel era amplio. Rebuznó aliviada y se echó, con los ojos cerrados para poder descansar. Habría podido tener un sueño reparador, de no ser por lo que escuchó…

Parecía venir del establo de al lado.

—Ya están en sus habitaciones, amo. La cebra está al lado, como usted lo pidió —dijo la campana.

Rapunzel aguzó la puntiaguda oreja.

—Cayeron fácilmente —dijo Besti.

—Lo sé —dijo la campana—. Ahora sufra su transformación a hombre lobo con tranquilidad. Creo que podrá comérselas con facilidad… solo son huesos con pellejo.

—¿Qué? —susurró Rapunzel. ¿Bestiópulos era un hombre lobo?

—Si tan solo Bella jamás… —Suspiró Best—. No tarda en salir la luna llena. Ve al castillo y asegúrate que se queden en sus habitaciones.

—Mi señor, ¿no ha pensado en romper el hechizo? —dijo la campanita.

—Siempre. Pero… Mejor haz lo que te digo. Perderé la conciencia.

—Sí, mi amo —dijo la campanita.

Rapunzel la escuchó alejarse. Sintió un horror que le surcó las entrañas, sacó la cabeza por la rendija del establo y notó cómo en solo unos minutos las nubes se disiparían por completo para revelar una redonda y plateada luna. Abrió la puerta del establo y escapó con trotes delicados.

Tenía que avisarles a sus amigas… y salvarse.


Pasa al siguiente capítulo


Gracias por leerla.


SOBRE EL AUTOR

Andrés Beltanien

Instagram: @andresbeltanien


Andrés ama leer, escribir y pasar tiempo a solas, tanto como escuchar a las personas cuando le piden oído.

Dato curioso: Es personalidad INFJ