• Andrés Beltanien

Un nuevo "Felices por siempre" | Capítulo 5: El beso

Actualizado: 12 de nov de 2020

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5

El beso


Blancanieves se acomodó en su habitación y se preparó para su ritual nocturno de belleza, así que se frotó las arrugas con aceite de girasol y se sintió orgullosa de llevar aquellos implementos en su bolso, porque el baño del hotel no tenía nada más que jabones y botellas con champú de mala calidad.

—Ya les encontraré un buen uso. —Metió las botellas a su bolso y se introdujo a la tina, llena de agua caliente.

Recostó la cabeza y pensó en todo lo que acababan de vivir, cuando de repente, escuchó a alguien abrir la puerta del baño con brusquedad.

—¡AHHHH! —Soltó un grito al mismo tiempo que le lanzó un jabón al intruso, cogió la toalla más cercana y se tapó el rostro con ella.

—Eso dolió. —Lepsia se frotó el tabique de la nariz.

—Lepsia —musitó. Se puso de pie y salió de la tina con la toalla en el torso—. ¿Qué haces aquí?

—Tengo miedo, mi alcoba es obscura y creo que mi cama tiene vida —dijo con los ojos a medio cerrar—. No quería dormir sola. Pensé que tú…

—¿Y por qué no fuiste con Marimar o Ceni? —Blancanieves se acercó a su vestido, que colgaba de la puerta. Le indicó a Lepsia que se diera la vuelta y se lo puso encima.

—No me abrieron. —Se acercó al alféizar de la ventana del baño y se recostó—. La luna está hermosa, y… ¿Por qué Rapunzel está afuera?

—¿Qué? —Blancanieves se acercó a mirar.

La cebra pasó trotando por debajo de unos árboles, las miró desde lo bajo y extendió la pata para decirles que salieran.

—¿Qué intenta decirnos? —dijo Lepsia.

—No lo sé —dijo Blancanieves.

Rapunzel giró el pescuezo hacia el establo, para asegurarse de que Best seguía adentro, y así era. Lo siguiente que escuchó fue un aullido… ¡AUUUUU!

—¡Santos acondicionadores! —Se echó a correr hacia la puerta más próxima del palacio y le metió un golpe con las patas traseras, pero no se abrió.

Una de las aldabas abrió la boca.

—Lo siento, pero no podemos abrir. Ya terminamos nuestro turno.

—Y el amo nos castigaría si te dejamos entrar —dijo la perilla.

—Necesito irme de aquí —dijo Rapunzel.

—Ve por el cobertizo —le dijo la estatua de un unicornio que resguardaba a un costado—. Puedes llegar al vestíbulo, pero debes cruzar las catacumbas.

—Qué amables —respondió con tono irónico.

Dobló la esquina del castillo, saltó por encima de las raíces de los árboles que se extendían en el jardín y se precipitó a las puertas del cobertizo; las abrió con el hocico y se introdujo con cuidado por las escaleras, al tanto de no tropezar, porque lo peor sería quebrarse la cadera siendo una cebra.

Apenas había luz. Lo único que alumbraba la estancia eran unas cuantas antorchas mal puestas en los muros, cubiertos por telarañas y polvo.

—¡AUUUUUUU! —escuchó otra vez.

Corrió hacia el frente, esquivó las columnas que se atravesaban por el camino y saltó sobre algunos objetos que saltaban y celebraban su llegada.

—¡AL FIN ALGUIEN NOS VA A LIBERAR! —dijo un perchero oxidado.

—Solo estoy de paso. Permiso —les dijo Rapunzel.

—¡Pero alguien tiene que romper el hechizo antes de que el último pétalo caiga! —dijo un espejo.

Rapunzel se detuvo en seco, confundida.

—Pensé que Bella rompió el hechizo con el beso. Eso decía su cuento… —dijo Rapunzel.

—No. Todo lo contrario —dijo una plancha de carbón que se deslizó con dificultad a las patas de Rapunzel—. Bella jamás fue el verdadero amor del príncipe Bestiópulos. Ella era una mujer lobo a la que su padre mantenía cautiva. Cuando su padre fue a un viaje, ella escapó y vino al castillo. Vio al Sr. Bestiópulos como su víctima, lo enamoró y con el tiempo le dio un beso. El hechizo de bestia que sufría el príncipe desapareció, pero se quedó con el de hombre lobo. Fue algo así como un intercambio… Después de eso se divorciaron y ella huyó a los bosques de Cuentelia. El amo se resignó a quedarse como un hombre lobo y a satisfacer su hambre con personas, porque solo así puede mantenerse vivo.

—¿Y ustedes por qué se quedaron como objetos? —dijo Rapunzel.

—El hechizo solo se rompe con el beso del verdadero amor —dijo un jarrón.

—Lo siento… pero no puedo hacer nada. Soy solo una anciana que fue convertida en cebra. —Y continuó por las catacumbas, sorprendida por lo mentirosos que podían resultar los cuentos.

Pronto llegó a otras escaleras de piedra, las subió lo más rápido que pudo y regresó a la recepción a través de una puerta podrida. La campanita estaba leyendo un periódico.

—Traidora —dijo Rapunzel—. Best quiere comernos.

—Yo solo hago mi trabajo —respondió sin levantar la vista.

Rapunzel escuchó un tercer aullido. Dio media vuelta y enfocó la mirada a la ventana; Best gruñía afuera del castillo. Ya tenía apariencia de hombre lobo, lleno de pelos y con un hocico de filosos dientes. Comenzó a trepar por las enredaderas que daban a las habitaciones y se perdió de vista.

—¿A dónde va? —preguntó Rapunzel.

—A la habitación dos. Tienes unos treinta segundos para salvar a… —La campanilla sacó el libro de huéspedes y leyó la última página—. Ah sí, para salvar a Lepsia Durmos.

Rapunzel se precipitó al elevador, jaló la cadena con el hocico y ascendió en cuestión de segundos. Dejó el ascensor y se apresuró a la habitación de Lepsia.

¡PUM!

Desplomó la puerta con las patas traseras y el pescuezo en todas direcciones, histérica por el peligro. La alcoba estaba vacía.

Lo siguiente que vio fue a Best asomándose por la ventana. Este se relamió los labios y entrecerró los ojos ambarinos, como si ansiara devorársela. Rapunzel se echó para atrás, cerró la puerta e irrumpió en la siguiente habitación, al lado.

¡PLOM! Derribó la puerta.

—¡AHHH! —Blancanieves y Lepsia soltaron un grito.

—¡Rapunzel! —dijo Lepsia—. ¿Por qué saliste del establo?

—Supongo que por eso. —Blancanieves señaló el corredor.

Best estaba parado detrás de Rapunzel, con las garras en alto.

—Esto es lo que quería evitar. —Rapunzel se dio la vuelta y trastrabilló, para ponerse al lado de sus amigas.

El hombre lobo se acercó con pasos lentos, adentro de la habitación. Lepsia agarró una de las velas que decoraba la habitación y la blandió como si fuera una espada.

—Aléjate... —dijo con voz trémula.

El hombre lobo le dedicó una mirada de pocos amigos.

—¿QUÉ OCURRE? NO ME DEJAN DORMIR. —Cenicienta se apareció en la entrada de la alcoba—. ¿Qué es todo es…? —Puso los ojos como tecolote—. ¡Santas hermanastras!

—Nos va a devorar —dijo Rapunzel—. Esto del hotel es un señuelo. Bella jamás rompió el hechizo, solo intercambió con él. Le quitó su condición de bestia, pero lo condenó a ser hombre lobo.

—Es nuestro fin… —Lepsia sopló la vela y la dejó caer.

—¡Auch! —gritó la vela.

—Toda mi vida me arrepentí de no hacerle frente a mi madrastra… de ser una cobarde, y eso se va ahora. —Blancanieves corrió hacia el hombre lobo y se le lanzó encima, lo tumbó al suelo, lo inmovilizó con el peso de su cuerpo y le dio cinco cachetadas con la velocidad de una karateka—. ¡Ni loca me impedirás mi felices por siempre! ¡Y tengo una la otra semana!

Cenicienta se quitó las pantuflas y le asestó unos cuantos golpes en el trasero.

Lepsia se arrodilló a su lado y le cerró el hocico.

—Solo necesita amor… y que lo inmovilicemos hasta que la luna pase.

Best se quedó quieto, con la mirada detenida en los ojos de Blancanieves. Y como en todo cuento de hadas, ambos quedaron enamorados uno del otro sin razón alguna.

—Blancanieves —dijo Cenicienta, con asco—. Ni se te vaya a ocurrir.

Blancanieves tomó el rostro de Best entre sus palmas y le dio un beso en el hocico. Incluso le dejó labial en una pequeña parte.

—Supongo que, si hay personas que le dan besos a sus perros… —dijo Lepsia.

—Qué asco —dijo Cenicienta.

¡PUF!

Un rayo de luz surcó los cielos, al mismo tiempo que el pétalo de una rosa apareció volando por la ventana y aterrizó a los pies de Cenicienta. La voz del Hada Madrina comenzó a sonar a través de una grabación mágica.

—Y cuando el verdadero amor llegue y hayan pasado años para que tu corazón duró se ablande, habrás logrado paciencia… y la doncella se presentará para unirse en amor.

—Me dejó un pelo. —Blancanieves se sacó un vello de la lengua.

El castillo crujió, el amanecer se adelantó por arte de magia y un deslumbrante sol iluminó la alcoba. Todos los objetos resplandecieron de color blanquecino y se transformaron en personas.

Best se suspendió en el aire, dio una vuelta, hizo un pequeño baile de victoria y regresó a su estado humano. Al caer al suelo, se vio con Blancanieves.

—¿Qué pasó? —dijo con los ojos muy abiertos.

—La confianzuda de Blancanieves te dio un beso —dijo Cenicienta.

—Así que eres mi verdadero amor… nunca pensé que hasta mis 78 años lo encontraría —dijo Best—. Lamento lo que pasó.

—Te besé porque fue lo que me salvó, pero desde que entré el hotel te eché el ojo —dijo Blancanieves con una mirada seductora.

—Eso no quita que quisiste comernos —dijo Rapunzel.

—No tengo excusas… —dijo Best—. Perdónenme.

—Estás perdonado, en nombre de todas. —Lepsia lo ayudó a ponerse de pie.

—Jamás pensé que volvería a amar. —Blancanieves le acarició el mentón.

—Por favor... tienen menos de una hora de conocerse, no sean payasos —dijo Cenicienta.

—Lo dice la que bailó con un príncipe y se casó con él solo porque le quedó un zapato de cristal. —Blancanieves enarcó la ceja.

—Eso es mejor que meterse a dormir a la casa de unos extraños y luego quedarse muerta por aceptar las manzanas gratis de una vieja decrépita —dijo Cenicienta.

—No peleen, nos tenemos que apoyar, incluso con situaciones y decisiones absurdas como esta —dijo Lepsia con un rostro cálido.

—Como sea… —dijo Cenicienta—. Ya que se adelantó el día, así que Cuentelia Canta será más pronto de lo que planeamos. Yo quiero ganar ese premio para que las hadas me concedan el deseo... que nos lo concedan a todas.

—Yo las puedo llevar —dijo Best.

—¿Chicas? —Marimar entró a la alcoba con su mirada de pescado—. ¿Señor Bestiópulos?

—Y pensé que Lepsia era la del sueño pesado. El colmo es que ni tienes párpados, Marimar —dijo Cenicienta.

—Amo —un joven de estatura pequeña entró a la alcoba. Al parecer era la campanita—. La caballería de Cuentelia acaba de entrar. Pregunta por una carroza corriente que está estacionada afuera.

—¿Qué hace aquí? —dijo Best.

—Te lo explicaré luego. —Blancanieves lo tomó de la mano—. Pero urge que nos vayamos. Si nos atrapan, nos separarán.

—Contigo iría a cualquier lado —dijo Best.

—Ay por favor, no sean cursis —dijo Cenicienta con el rostro avinagrado.

—Síganme —dijo Best.

Se aproximaron al final del corredor y subieron al tejado del castillo, donde había una gigantesca H pintada de rojo. Best se agachó, presionó un botón y el techo se deslizó a los lados.

—¿H de…? —preguntó Marimar.

—De hipogrifos —dijo Best—. Los crío desde que tenía doce años.

Siete hipogrifos salieron volando del tejado y se posaron al frente de ellos. Eran animales mágicos con cuerpo de caballo, cabeza de águila y unas despampanantes alas de color dorado.

—Uno en cada uno. —Best ayudó a Blancanieves a subirse en el más robusto de todos.

Cenicienta, Lepsia y Marimar se subieron a los otros, con dificultad.

—¿Y cómo se supone que monte yo? —preguntó Rapunzel.

Dos hipogrifos agacharon la cabeza, la subieron a sus lomos para llevarla entre ambos y extendieron las alas.

—¡Yipi! ¡Yayoi! —dijo Best.

Y así, mientras la caballería subía a las habitaciones para buscar a las fugitivas, y los sirvientes del castillo celebraban que ya no eran objetos, los siete hipogrifos abandonaron el tejado con un limpio vuelo.

Tenían la esperanza de que Cuentelia Canta les diera su “felices por siempre”. Esas ancianas pícaras no se rendían.


Pasa al capítulo final


Muchísimas gracias por leer la historia.



SOBRE EL AUTOR

Andrés Beltanien

Instagram: @andresbeltanien


Andrés es entusiasta de la literatura infantil y juvenil. Uno de los autores que lo inspiró es Roald Dahl.

Dato curioso: Para él, las mejores historias satirizan lo que tomamos como normal.